Selección de Jorge Luis Oviedo
Jacobo Cárcamo
En
los más agresivos litorales….
allí
donde las cumbres horadan firmamentos….
allí
donde las rocas se orillan de cenit….
donde
las aves bordean astros,
y el
césped y el rocío
y
todo un film de flores y dolores
deambulan
por los senos de la nube,
allí
enarbolan su virtud los pinos.
Pinos
de Honduras….
bayonetas
sonoras….
pagodas
de zafiros….
capitanes
de cordilleras,
con
uniformes de tempestades
y con
relámpagos por charreteras.
Si un
niño es un arbusto vagabundo….
si
una madre es ceiba de sangre
vuelta
lluvia de luna sobre el mundo….
si en
cada hombre hay un poco de árbol,
por
las venas de cada hondureño
discurre
un mar de pinos sin segundo.
Es
sudor campesino la savia de los pinos….
se
anuncia la mujer en sus piñones….
arden
sentencias mayas en su escamoso tronco….
es un
incienso laico su resina,
y son
remedos de flechas remotas
los
verdes alfileres de sus hojas.
Pinos
de Honduras….
teponaxtlis
de luz….
cuando
la noche adensa sus crayones
y
mete su cuchilla en las cabañas….
cuando
hasta la montaña se recoge
bajo
un cielo de turbios pabellones,
en
terrenal tapete de terrones
y
entre vientos de cobre,
abre
su antigua lámpara el ocote.
En el
vértice cívico….
en el
pináculo septembrino,
pleno
el aire de himnos y la tierra de niños,
el
alma está presente como el pino.
Y así
también, cuando la mano
sórdida,
sanguinaria…. sombría,
viola
al jazmín y decapita al trino,
entonces
con el agua hasta el designio
y los
poros abiertos en historia,
junto
a la piel del pino escucha el indio.
El
descifra botánicos infolios….
él
sabe el pensamiento de los árboles
como
conoce el pino la raíz de los hombres.
Pinos
de Honduras….
que
en veranos de ópalo,
y
frente a gobelinos de arco iris,
extienden
por los cerros sus cameras de hojas….
erigen
en la brisa castillos de fragancias,
y
alargan sus rumores….
¡Perfumes
musicados…. sinfónicas de olores!
Si en
la tarde plagada de revólveres,
frente
al panorama gris de buitres
y
ante la sombra de la boca empírica….
si
cuando nos cubren capuces de exilio,
o se
nos va el laurel,
o nos
tajan letales destinos,
¡pudiéramos
llevarnos nuestros pinos!
Si en
nuestros afanes tutelares
fuéramos
como el rayo
que
se resuelve en lumbre
para
condecorarse de pinares!
Pinos
de Honduras….
con
mucho de escudo y de bandera….
marsellesas
cilíndricas….
verticales
caminos….
pirámides
de índigo….
¡Brazos
verdes de indios oprimidos
que
entre pinares nacen…. y mueren viendo pinos!
Jaime Fontana
I
Un
verde alcor sobre el macizo andino;
sobre
el alcor, granítico peñón;
sobre el peñón, un solitario pino;
sobre
el pino…. su sueño de ascensión:
Cuando
el pueblo tirita entre la suave
neblina
cual friolento caracol,
índice
audaz, el pino es una grave
acusación
al negligente sol:
y en
el estío, cuando el triste juego
de
los campos llagados por el fuego
hasta
su plinto de granito sube,
el
providente pino de mi sierra
mata
la sed de la abrazada tierra,
abriéndole
goteras a la nube.
II
Dios
vegetal barbado de esperanza,
nervio
y raíz del solariego rito,
en ti
la savia de mi suelo alcanza
la
geometría funcional del grito.
Eje
del viento. Elevas tu osadía
hasta
indicar su ruta a la centella;
áncora
verde con el que el monte ansía
atracar
en la rada de una estrella.
Sigue
subiendo entre el azul, erguido,
que
ni las llamas te verán vencido
ni el
huracán te infligirá desmayo
ni el
hacha artera cortará tu anhelo:
¡si
un día has de morir, será en el cielo
por
haber ido a provocar el rayo!
III
Vas
al cenit. Mientras tu alcor gallardo
es el
parnaso criollo en que sonoro
zorzal
serrano y el censontle pardo
discuten
trinos con la chorcha de oro.
Yo te
he visto subir, y me has nutrido
con
tus aires untados de resinas….
¿Te
acuerdas? Tu paisaje colorido
solía
retozar en mis retinas.
Maestro
de horizontes, en la ausencia
destilo
tu recuerdo, cuya esencia
vuelve
hasta ti con intención votiva
y
cundo el mundo mis afanes niega,
para
ganar alientos en la brega,
repito
tu lección: ¡Arriba! ¡Arriba!
1945.
A Un Pino
Juan Ramón Molina
Oh pino, oh viejo pino de mi tierra,
que del monte en la cima culminante,
alzas tu copa rumorosa y verde
meciéndote al impulso de los aires.
¿Cuántos años hará que no se atreven
los rayos de las nubes a tocarte,
como a los compañeros de tu infancia
que calcinados en el suelo yacen?
Ellos ―en una noche tenebrosa
preñada de terribles tempestades―
alumbraron, ardiendo como teas,
la montaña y las sombras insondables.
Cruzaban mil relámpagos el cielo
como rojas culebras deslumbrantes:
todos los vientos en tropel rugían
como las fieras cuando tienen hambre.
Las negras cataratas de los cielos
dieron suelta a sus líquidos raudales,
y los profundos y espumosos ríos
se desbordaron por las anchas márgenes.
Las rudas alimañas de los bosques
huyeron a la cueva a refugiarse
y el hombre mismo se entregó al espanto
bajo el techo que cubre sus hogares.
Al descorrer la aurora en el oriente
de su balcón los rojos cortinajes,
vio que los pinos que a tu lado estaban
no eran más que pavesas humantes.
Mientras que tú, de la mortal catástrofe
testigo fiel, erguido te quedaste,
lleno de savia y robustez y vida
bañado por las luces matinales.
Más adherido al infecunda roca
con la invencible garra de tus raíces,
cual si te hubiese vuelto aquella prueba
más fuerte, más viril y más pujante.
Te han visto así los soles y los años
sin que tu huella en tu corteza graben;
te conocen las lluvias y los vientos,
las nubes y los pobres caminantes.
Viajero por los montes hondureños
erizado de escuetos peñascales,
muerto de sed y de cansancio, un día
me recosté al frescor de tu follaje.
En tanto, libre del poder del freno
y el agudo espolón del acicate,
mi hambriento potro alrededor pacía
la verde yerba que a tus planta nace.
Una corriente cristalina y pura
que lo declives que te cercan lame,
iba de precipicio en precipicio
como buscando en las cañadas cauce.
Llevando el seco polvo de las cumbres,
los agrestes aromas de los valles
un rumoroso y gemebundo viento
pasaba desgarrando tu ramaje.
Así ―apoyada a tu robusto tronco
la sudorosa sien― me halló la tarde:
náufrago de mis contrarios pensamientos,
perdido en las inmensas soledades.
Pensé en la triste suerte de mi patria
víctima eterna de la ley del sable,
en el destino que me guarda el hado,
en el hogar y en mis humildes padres.
Vertí con pena una rebelde lágrima,
condensación de todos mis pesares,
sin más testigos que el inmóvil bruto
y un solitario gavilán errante.
Después, grabando en tu áspera corteza
con un puñal mis letras iniciales,
bajé por las pendientes pedregosas
batiendo del caballo los ijares.
Los tiempos han corrido desde entonces
raudos sobre los dos, pero ¿quién sabe?
si te levantes más altivo y joven
que aquella vez que sombra me brindaste!
No como tu cantor, que en la mañana
de su existir, empieza a doblegarse
al soplo de los vientos de la vida
sin fuerzas, sin amor, sin ideales.
El cielo quiera que otra vez te mire
sobre las altas cimas de mis Andes;
que apoyada en tu tronco mi cabeza
de las fatigas y del sol descanse.
Y que si acaso el leñador un día
el hacha férrea para herirte blande,
vallas a ser en la pajiza choza
lumbre que alegre su feliz semblante.
Cubran tus hojas como alfombra verde,
los atrios y las plazas y las calles;
o, convertido en asta, en un extremo
que flote de mi patria el estandarte.
No te conviertan las civiles luchas
en antorcha que encendían las ciudades,
ilumine matanzas fraticidas,
lívidos charcos de hondureña sangre.
Mas si el hombre y los rayos te
respetan,
si el huracán sañudo no te abate,
quiero, al morir, que te derriben, oh
árbol,
y que la sierra te divida en partes.
Que me construyan con tus pobres tablas
el ataúd donde mis huesos guarden,
y con tus ramas una cruz humilde
donde se posen a cantar las aves.
Nostalgia
Juan Ramón
Molina
¡Oh bosques silenciosos y salvajes
en los que armado de la elástica honda,
seguido de mis locos compañeros
penetré audaz, y de la fresca copa
de los árboles hice con mi tiro
caer a las selváticas palomas,
entre aleteos raudos y convulsos
y una explosión de plumas y de hojas!
¡Oh patrio río a cuya margen húmeda
cercen los ceibos y los lirios brotan,
que vi correr mientras tendido estaba
sobre el áspero dorso de una roca;
o, que, incansable y sin temor partía
nadando de una orilla hasta la otra,
en tanto que la turba de los niños
gritos lanzaba en la revuelta poza!
¡Inmensos llanos de fragante grama
que un sol canicular tuesta y agosta,
donde pasé, cogiendo florecillas,
dulces instantes de mi infancia loca!
¡Monte florido que a tu falda agreste,
atada con las lianas trepadoras,
se alza una cruz, en la que puse un día
ramos de pino y rústicas coronas!
¡Humilde cementerio donde yacen,
bajo modestas y olvidadas fosas,
muchos que me quisieron en un tiempo
y que olvidó hace tiempo mi memoria:
seres queridos que sin penas duermen
de los árboles viejos a la sombra,
sin que una mano adorne sus sepulcros
que la lluvia y los vientos desmoronan!
¡Hogar, pequeño hogar de mis abuelos,
donde en modesta y reducida alcoba,
abrí los ojos a la luz del día
y el pulmón a las auras bienhechoras;
donde me espera con amantes brazos
para estrecharme delirante y loca,
la noble madre que me dio la suerte
para consuelo de mi vida toda!
De vosotros, boscajes silenciosos,
llanos que el sol canicular agosta,
monte aromado y turbulento rio,
yo tengo la nostalgia abrumadora.
¡Quiera Dios que en los brazos de mi
madre
muera al fin, y me entierren en la fosa
que abran bajo los pinos hondureños
en las entrañas de una enorme roca!
Froylán Turcios
En los fértiles bosques olanchanos
peinados por el céfiro sonoro,
muestran, ―en la aridez de los veranos―,
los coyolares sus racimos de oro.
Erizados de fúlgidas espinas
abren al sol sus palmas de verdores,
desgranando, en las horas vespertinas,
lluvias ligeras de fragantes flores.
Con el hacha vibrante el hombre arroja
al vegetal sobre la pura tierra,
de inútiles ramajes le despoja
y en él una oquedad abre su daga;
y el delicioso líquido que encierra
con dulce ardor su corazón embriaga.
Alfonzo Guillén Zelaya
El almendro del patio ya tiene muchos
siglos
y no se ha vuelto viejo;
más bien hace uno años echó una nueva
rama
y
se ofreció más verde, y se ofreció más
joven.
Tiene un hueco en el tronco, que es
asilo de hormigas,
y unas pocas raíces salidas de la
tierra.
Sea rudo el verano y agresivo el
invierno,
pobre la primavera o perverso el otoño,
al almendro del patio, a pesar de sus
siglos,
no le faltan los frutos y está siempre
con flores.
Un tiempo las gallinas durmieron en sus
ramas
mas después creció otro árbol y hacia
aquel emigraron.
yo jamás viera un nido trabajado en su
fronda
ni en los demás almendros lo he
sorprendido nunca:
¿por qué no harán los pájaros nidos en
los almendros?
Cuando yo era muchacho a sus pies
apacentaban
los asnos de la casa, la dicha de su
pienso
y el goce del descanso; jugaron mis
hermanas
y el belicoso abuelo hacía al aire
libre,
con sencillez antigua, sus siestas
invariables.
Los pequeños amigos del barrio y de la
escuela
llegaban de continuo a llenarse de
frutos;
algunos ascendían presurosos al árbol
y otros lo apedreaban; pero todos
volvieron
satisfechos y alegres, sin oir la
protesta
del almendro del patio.
Yo en su fronda fui niño y acaso seré
hombre
¡la mañana y la tarde! Yo en él soñé en
la novia
y me volví hacia Dios. El me enseñó a
ser bueno:
¿y quién no ha sido bueno debajo de los
árboles?
En mis sueños lejanos de pequeño,
desnudo
todo mi cuerpecito tierno y acariciante,
gustaba de abrazarlo debajo de las
lluvias
para sentir el goce del agua descendiendo
por los muslos ingenuos; para pegar los
labios
a la áspera corteza y sorber la
frescura;
para quererlo como al calor de mi madre
en las noches de miedo; para sentirlo
bueno
con ella, cada vez que me besaba mucho
porque me hiciera humilde, respetase los
viejos,
y aprendiera a querer la olorosa ternura
de los rezos cristianos.
Otras veces corría llevando de la mesa
mi grata provisión de bananos y leche
y con mis tres hermanos comíamos en
círculo,
sonrientes a su sombra.
Aquél árbol del patio sólo hablaba
conmigo;
me contó los desfiles ilusorios del tiempo,
la salud de la tierra y el culto de las
aguas,
la impiedad de las hachas y el espanto
de la horca,
el calor de unos brazos, el pecado del
justo
y el huir de un fugitivo debajo de la
noche.
Me reveló el misterio
de hacerse campesino, a pesar de la sangre
señorial de la herencia; y me habló de
la música
y el sagrado perfume que lleva el
aparente
silencio de la piedra; pudo decirme todo
lo que vieran sus flores, bebieran sus
raíces
y aspiraran sus hojas cuando integraba
el bosque;
pero nada me dijo del grano insospechado
que lo elevó a la vida para guardarse
verde
y vivir siempre joven.
Esa voz la oyó acaso alguno en mi
ascendencia,
alguno que llevaba, como yo, una llanura
o una selva en el alma; alguno que
sentía
como yo esa inconsciencia de correr como
arroyo,
de nacer en el surco o ser astro en la
sombra,
alguno que sabía disolverse en rocío
y amasarse en ungüento cuando hallaba
una herida
o
una boca sedienta.
¡Viejo almendro del patio, quién supiera
qué mano
fallida te sembrara! ¡Quién me diera tu
ciencia,
la ciencia de estar siempre en fruto
florecido!
Alma Fiori
Camina mi caballo por la alfombra rojiza
del pino que ha caído; y es tan suave su
andar
que no se oye más ruido que el soplo de
la brisa,
que el quejido del viento, el canto del
pinar.
Deleite indefinible por mi alma se
desliza,
un placer infinito, una ansia de cantar;
soy un ser que de pronto un ensueño
realiza,
y siente que ha encontrado adonde
descansar.
Los pinos me rodean; respiro un aire
puro,
me olvido del pasado, no pienso en el
futuro
y solamente vivo el momento de ilusión
en que mi alma penetra el valle del
olvido.
No sé si tuve un sueño, no sé si lo he
perdido,
ni sé ¡oh divino instante! si tengo
razón.
Valle
de Angeles, Primavera, 1927.
Medardo
Mejía
En memoria de don José Sarmiento,
maestro en ciencias de la Naturaleza
Después de larga ausencia en que el
recuerdo
como un martillo me golpeaba a diario
invitando al retorno presuroso,
he vuelto a las colinas manantiales.
Ah, dulce adolescencia, veo a Manuel
con su libro de siempre, a Federico
en brioso potro. Cuando llego al parque
se reaparecen mis lunarias novias.
Y sin tardar, con instintivo impulso
visito al tamarindo del Colegio.
Está lo mismo….
Poco a poco ha cambiado en su conjunto
prócer;
tronco rugoso, de sombrío follaje,
lleno de flores, próximo a dar frutos,
para ofrecer regalos agridulces
a la traviesa muchacha de hoy.
Este es el árbol
que aquella juventud de fin de siglo
quiso tomar de punto de partida
espiritual en prestigiadas rutas,
y que partió en tropa bullanguera
a lides de fracaso y de victoria.
Este es el tamarindo
que fue amigo del grupo escandaloso
de mi generación; que daba vivas
al general Sandino; daba mueras
a los marinos yanquis, y aclamaba
el reto de Diario en la Oda a Roosevelt.
Guardo silencio
un zodiacal minuto….
Y de pronto, maestro esclarecido
me invita al verso, al lírico saludo
de escogidas imágenes nativas,
sin darse cuenta que en mi sangre hierve
un delirio de estrofas caudalosas.
II
Es viejo el tamarindo del Colegio;
por viejo sabe más que los archivos.
Pero nadie le arranca el testimonio
de antañonas tragedias regionales:
incestos, adulterios, homicidios
por herencias de tierras y ganados….
Y a quien le hace preguntas atrevidas,
recurre al viento para replicarle
con las voces de un himno que se
encumbra
a la luz del cenit, alma del día.
A nadie ha dicho
que vio pasar al blanco Misionero
anunciando un horrible Apocalipsis,
el hambre en las aldeas, y la guerra
de casa a casa, y la implacable peste
en las comarcas, y, por fin, la Muerte.
A nadie cuneta
que en la guerra social contra los
diezmos
y las primicias del 65,
en medio del horror de la ahorcancina,
colgaron de sus ramas con «bejucos
de corral» numerosos campesinos.
Menos revela
que vio un día pasar al Cinchonero
en una yegua negra, asustadiza;
al bandido en las gacetas oficiales;
al héroe en la leyenda de los llanos
narrada siempre en torno a las fogatas.
Nadie le arranca
la extraña relación de aquel hidalgo
que pidió esposa, resultó su hermana;
desesperado descendió a los vicios;
penitente fue a Roma y de regreso
alcanzó jerarquías obispales.
Mejor que sea así….
Que viva el tamarindo del Colegio
en el silencio oscuro del Asvata,
árbol cósmico de la India fabulosa,
alimentado de limos del abismo
y florecido de astros infinitos.
III
Quienes fuimos y seguiremos siendo
afirmativos en escuadrón de Ilíada
con el auxilio de este tamarindo,
sabio como Quirón, aquí aprendimos
a amar el Cosmos, la vida multilátera,
la sociedad pugnante, el pensamiento
seleccionado, el ideal contemporáneo,
la acción creadora…. Aquí nos
inspiramos,
después nos despedimos entusiastas
para seguir sembrando el optimismo.
¿A qué buscar sistemas filosóficos
en los confines, en vuelos atrevidos,
tocando ínsulas, buscando continentes
donde hay sabios como constelaciones..?
Aquí Domínguez recordó a Lucrecio
en el prodigio del «Himno a la Materia»,
donde los cóndores de sus endecasílabos
dan fe de lo infinito y de lo eterno….
Y así la juventud halló el secreto
de la objetiva verdad del Universo.
¿A qué buscar doctrinas sociológicas
que impresionen por el atrevimiento
de sus nociones reales o ficticias
sobre el Género Humano, en viaje
siempre..?
Aquí Guillén Zelaya, augur y artista
en «La Espiral de la Historia» dejó
dicho
que es el lucro el que engendra la
discordia
y la funesta guerra de exterminio;
pero que un día acabará ese daño,
llegando a ser la Humanidad feliz.
¿A qué buscar el numen que estimule
la voluntad en otras latitudes,
si arriba alumbran las estrellas mayas
y abajo están los muertos inmortales..?
Aquí Turcios, poeta en prosa heroica,
con grito propio de jinetes ásperos,
vivió exigiendo a la América Latina
acción conjunta, juego endemoniado,
hasta abatir el coloniaje impuesto
por el imperio del dólar y el garrote.
He de agregar, la poesía es captación
de la belleza real de cuanto existe
en órfico movimiento permanente,
expresada en lenguaje esclarecido,
en polo opuesto a la fealdad profusa.
Ellos cantaron las formas, las esencias
de cuanto vuela en los días, en las
noches.
Ellos, como los dioses, castigaron
a aquellos que traicionaron la
Cadencia….
Ellos son los mentores…. Alegrémonos
por conocer el
arte de los rumbos.
IV
Amado tamarindo del Colegio,
que la salud te asista a toda hora
bajo este sol de alegre luz nativa,
sobre esta tierra de corrientes lácteas.
Necesario es que existas largamente
con tus cofres colmados de secretos
regionales que valen más que el oro.
Preciso es que domines los centenios,
Demócrito vegetal, maestro silente,
en medio de juventudes renovadas.
Debes llegar sin pactos como Fausto
a firme duración de largas épocas
para ver sociedades superadas.
Jorge
FedericoTravieso
Yo te conozco,
pálida en la atmosfera
de esta Honduras feraz de poesía,
sostenida en el aire por la luna
de largos dedos finos,
por la luna y el aire que te quieren
y
te rodean y te ciñen,
en las cálidas noches de mi tierra
grande de amor, feraz de poesía,
Yo te conozco inmóvil en tu vuelo
que finge rapto de extasiada virgen,
tu vuelo detenido en la penumbra
de árbol y selva: tu santuario vivo;
vuelo de virgen novia, así te llamo,
blanca virgen, paloma, luz, orquídea,
tu dulce vuelo detenido en sombra
como una clara anunciación del día.
Brassavola: ¿Qué abejas te fecundan
sin mancillar tu doncellez dormida?
¿Quién te lleno de plata los cabellos
de ese pétalo sexo que te anima?
¿Quién te mantiene intacta como muestra
de una pureza que tal vez no existe/
¿Quién te enjuga las lágrimas, si
ruedan,
antes de mancillar tu cutis niño?
Yo se que tus raíces son serpientes
enlazadas al tronco en que palpitan,
tentáculos del mar son tus raíces
ávidas de oprimir en su lascivia;
tu tallo es carne y carne son tus hojas,
verde carne sin fe que ama la vida,
y tu surges del mal como suave
transfigurada evocación del espíritu.
Brassavola: ¿Qué gnomos en la noche
te vienen a bailar para que te olvides,
mientras sigues el ritmo y ya no piensas
en el deseo, el llanto y la partida?
¿Qué gnomos te destierran pesadumbres
para que no te manchen, alba esquiva,
mientras en derredor de tu blancura
todo fermenta en sangre y agonía?
Yo no quiero que te prendan al escudo
de esta tierra de amor que te cobija,
para que le compartas el milagro
inmarcesible de tu fe adquirida,
para que le transmitas, flor amable,
blanca virgen, paloma, luz, orquídea,
el valor de tus sueno entre la sombras
desnuda muestra de tu valentía.
Brassavola: ¡Qué llanto en tus entrañas
antes de ser así: ¡tranquila y limpia.
No la reseca fruta ultramarina
ni la importada rosa, te prometo.
Ni néctares pedidos al Himeto
ni pedrerías de extranjera mina.
Hermano móvil de la orquídea andina,
abeja de esta sierra es mi soneto;
para ti trae: aroma de cafeto
y sabor de naranja marcalina.
Que el imperio solar de tu mirada
funde huertos de amor en la bronceada
y temblorosa piel de mi canción.
Estalle, al fin, como en el pino el
rayo,
como simiente de maíz en mayo,
la ternura nuclear del corazón.
La
Sierra, Honduras, 1946.
Los Pinos
Pompeyo
del Valle
En mi país los pinos
son verdecidas torres de esperanza.
Son verticales rumbos,
senderos al metal de las estrellas.
En mi país los pinos
conocen el secreto de la orquídea
y el pie de los arroyos;
pero también los pinos
no ignoran el espanto
nocturno de un ahorcado
ni de los hombres muertos
en el barro.
En mi país los pinos
conocen los ilímites
peligros de la noche,
los náufragos solsticios
―ciego alhelí, jacinto―
de la sangre vertida
cayendo gota a gota
en sus raíces.
Pero también los pinos
son árboles que cantan
y su canción es dulce
y fina como el corazón
de la oropéndola;
y un día, un día claro,
un día de aleluyas,
compañeros,
de montaña a montaña
dirán que nos han visto
con una estrella ardiendo
entre las manos.
Pompeyo
del Valle
Arboles de mi país
entrad en mi alma,
antes que os mate el golpe
de las hachas.
Arboles de mi país
entrad en mi alma.
La forma de mis pesares
se hace de plata,
pero muerde lo mismo
que las hachas.
Arboles de mi país
entrad en mi alma.
El río caracolea
sin ver las matas,
llevándose un eco ciego
entre sus aguas.
Ríos de mi país
entrad en mi alma.
Eurídice, la de mis ojos,
oye, lejana,
el eco de mis angustias
sobre su falda.
Ríos de mi país
entrad en mi alma.
―Orfeo, me grita el viento
cuando pasa,
no he visto casa más sola
ni más amarga
que el llanto que se desliza
por tu palabra.
Arboles de mi país
entrad en mi alma.
Ríos de mi país
entrad en mi alma.
Oscar Acosta
En Honduras los pinos forman un imperio
definitivo
del que no puede huir la naturaleza y el
hombre.
En zonas terrestres anteriormente
devastadas
se agruparon los árboles con sus
bellotas de oro
que al caer de lo alto y recibir la
caricia solar,
la lluvia o la niebla que al amanecer
inunda los parajes,
viajan hacia los ríos integrando un
universo dorado.
Los pinos crecen llegando hasta secretas
cámaras
que el aire oculta y que ignoramos los
humanos,
sólo los pájaros pequeños o los intrusos arácnidos
logran ingresar furtivamente en sus
aéreos paraísos.
En la verde extensión vegetal que
dilatan sus cuerpos
se hospedan prófugos animales y luceros
caídos.
Es tan inmensa y fraterna la bondad del
pinar hondureño
que ni el fuego invasor puede hacer que
pronuncie
éste, con razón o sin ella, una palabra
de odio.
Sorprende a veces que entre los
cataclismos naturales
o entre aquellos que el hombre, ausente
del amor, provoca
exista aún, sobre el herido rostro del
mundo,
una isla paradisíaca formada por estas
altísimas columnas----
que nos llaman con blanca voz a la
ternura y al sueño
y a evadirnos definitivamente del
exterminio y de la pólvora.